Rissig Licha

MIAMI—Francia. Dinamarca, Australia. Y, ahora Túnez. Una concatenación de actos que marcan la globalización de una ofensiva que no respeta fronteras, ni culturas o credos para recordarnos que, en pleno siglo XXI de una era digital que muchos cacarean como la máxima prueba del adelanto del que es capaz la humanidad, vivimos en un mundo que cada día comprueba que no es más que un pobre rehén del filo de un sable que evoca la más retrógrada y sinsentido barbarie que, para colmo, hemos sido incapaces de enfrentar con firmeza y determinación para salvaguardar todo aquello que atesoramos y necesitamos para garantizar que a futuro impere la civilidad sobre el sobresalto.

¿Cuántas vidas inocentes más han de ser sacrificadas? ¿Cuántos patrimonios culturales más vamos a permitir que sean despellejados? ¿Cuántas ciudades más van a ser aterrorizadas? ¿Qué más tiene que ocurrir para que aquéllos que desde el Poder guardan minutos de silencio y envían sus condolencias a los dolientes finalmente resuelvan ponerle fin a esta pandémica sangría?

Muchos callan por intereses económicos. Algunos no actúan porque prefieren que otros lo hagan. Otros permanecen al costado dizque porque no están dispuestos a apadrinar una Cruzada de Fe. Y, uno que otro, se mantiene al margen en función de su cobardía. Mientras tanto, no hay raza, ni credo, ni sociedad exenta de la sanguinaria cacería humana que cada día suma más caídos.

Pierden de perspectiva que no es cuestión de dólares y centavos. Ni de quién o por qué se actúa. Ni siquiera es cuestión de religión. No, por ello, en la medida en que no se active una respuesta firme, sin ambivalencias y, con un solo propósito la derrota total del terror, tenemos que aceptar la triste realidad de que, en esta puja entre la civilización y la barbarie, víctimas somos todos.