Rissig Licha

10 Oct 2014. MIAMI—Detectado en el 1976, aislado geográficamente e ignorado por años, saltó fronteras y, de la noche a la mañana ha puesto al descubierto la mala praxis de al menos dos gobiernos en el manejo de un asunto de salud pública que concita la atención, aprehensión, sobresalto y hasta la bellaquería de una ciudadanía que, ante el pobre discurso público de sus gobernantes, no ha tenido otra alternativa que especular, de forma viral a través de las redes, sobre el mal del virus del ébola porque en lo referente a la comunicación pública de la gestión el Estado no da pie con bola.

Uno es un virus letal que se propaga a través del contacto con los órganos y fluidos corporales tales como sangre, saliva, orina y otras secreciones de las personas infectadas. El otro, no menos letal, es el digital que se propaga vía Twitter, Facebook y demás redes sociales ante la falta de fluidez comunicacional de aquéllos encargados de gestionar la respuesta oficial al primero. Por años, el primero permaneció aislado de la atención del Primer Mundo pues era un tema de preocupación en África. Pero llegó, primero a España y luego a Estados Unidos y, de la noche a la mañana, gracias en parte a las redes sociales, es materia de preocupación de todo el mundo.

En España, como en los Estados Unidos de América, la respuesta comunicacional del gobierno a esta seria amenaza de salud ha sido torpe, atemporal, desacertada y desconcertante. En Madrid, la actuación de la Ministra de Sanidad, Ana Mato, ha sido deficiente. En Washington, la de la Secretaria de Salud, Sylvia Mathews Burwell, inexistente. Y, en cuanto a los presidentes. Barack Obama, bien gracias. Y Mariano Rajoy, entró a juego en tiempo de descuento. ¿Quién está a cargo? es una pregunta sin respuesta clara y la información sobre el estado de los casos de afectados por el virus ha sido insuficiente y aquella tendiente a apaciguar a una ciudadanía preocupada con su contagio ha sido incoherente.

Ni en uno de los caso, como tampoco en el otro, el gobierno ha sido capaz de articular respuestas a las más fundamentales interrogantes que todos acostumbran hacer en situaciones similares: ¿Cuál es la gravedad de la situación?, ¿En qué consiste el plan para su manejo?, ¿Qué tiempo va a tomar la operación?, ¿Qué sacrificios personales va a requerir el plan durante su implantación? Y ¿De qué me tengo que preocupar?

En consecuencia de ello y de la pobre preparación de ambos gobiernos para manejar las comunicaciones de la crisis el virus de la especulación ha dominado las redes sociales que se han congestionado de necedades, obviedades, tergiversaciones, malversaciones, prevaricaciones, evasiones y, en los casos más extremos, hasta indiscreciones.

Para ejemplos, dos. En Atlanta, sede del Centro para el Control de Enfermedades, quien en vez de la Secretaria Sanitaria o el Cirujano General, ha sido el principal portavoz, anuncian que se tomará la temperatura de todos los pasajeros que lleguen de países en los que la epidemia existe aún cuando es harto conocido que la presencia de fiebre que da inicios al periodo de contagio no se da hasta después de 21 días de contagio. En Madrid, ahora apuntan a la negligencia de la asistente de enfermería contagiada para restarle importancia o desviar la atención de si se siguieron o no los protocolos médicos para evitar el contagio. Estos actos son parte de un teatro de disimulación y no de un verdadero plan de acción para tranquilizar a la ciudadanía cargándose, de paso, la credibilidad del gobierno en el manejo del asunto.

Esta situación ha develado serias violaciones a varias reglas fundamentales de cómo se manejan las comunicaciones en una crisis. Primero, debe haber un solo vocero principal de la gestión y un perito médico que le apoye. Segundo, debe actualizarse la información periódicamente de manera de controlar la agenda de discusión pública y, con ello, evitar las elucubraciones y las especulaciones. Tercero, es necesario contar con una matriz de mensajes a comunicar. Cuatro, hay que tomar en cuenta de todos los públicos y cómo éstos se informan, en particular las redes sociales, a la hora de comunicarse.

Si algo queda claro es que ni las autoridades madrileñas ni las norteamericanas han seguido los protocolos sobre el discurso público que requiere una crisis y, en consecuencia de ello, en el caso del virus del ébola no dan pie con bola en sus comunicaciones dando margen a que el pueblo, propague bulo tras bulo de manera viral en las redes y enrede aún más la percepción pública sobre la amenaza del ébola.